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Familias ensambladas, una de las formas posibles
de vivir en familia

- Lic. Ana I. Martínez
 

Familias transformadas, familias reconstituidas, familias de segundas nupcias, familias ensambladas, son algunos de los nombres que, durante el transcurso de estos últimos años, se vienen utilizando para describir este tipo de organizaciones familiares, aquellas en las cuales, al menos uno de los adultos, aporta hijos de una unión anterior.

Las consultas
Las consultas son muchas y variadas: consultas de pareja, consultas individuales, en algunos casos adultos que piden ayuda por un hijo sintomático.
En la Fundación, durante la primera etapa de trabajo (dos a cuatro entrevistas) a la que llamamos etapa diagnóstica, a partir del motivo de consulta, evaluamos cuál es la mejor indicación, esto es, quienes están disponibles para un trabajo conjunto, acerca de qué temas y con qué frecuencia.
Durante este proceso y a partir de la indagación que va haciendo el terapeuta, basado en sus supuestos, en algunas de las consultas, surgen datos acerca de la organización familiar, que nos hacen pensar que el sufrimiento puede estar ligado, en estos casos, a los cambios disparados en la narrativa familiar, a partir de un divorcio o la muerte de uno de los cónyuges, seguida de un nuevo matrimonio o unión de una pareja.
Si bien cada vez se conocen más situaciones de familias con estas características, todavía sigue estando muy presente, en el imaginario social la idea de familia, ligada al modelo tradicional de familia nuclear típica de la modernidad.
Las familias que se forman después de un divorcio o viudez, tienen una dinámica singular; pensamos que es muy importante el conocimiento y la aceptación de esta diferencia, en función de aliviar el sufrimiento que resulta, muchas veces, de los intentos fallidos de encastrar la dinámica relacional de estas familias, en el “molde” de la familia nuclear tradicional.

Algunas diferencias
Los niños y adolescentes comparten dos hogares: el del padre y el de la madre con reglas y costumbres a las cuales los hijos deberán adaptarse.

Cada uno de los progenitores ha construido con sus hijos una historia que no incluye al nuevo miembro de la pareja. Si se trata de un “divorcio destructivo”, los tíos, primos y abuelos, a veces quedan excluidos, o en el mejor de los casos, solo más distantes en la relación con los menores, que dependen de los adultos para sostener estos vínculos.

Con frecuencia, las nuevas parejas, llegan a la convivencia con expectativas ilusorias acerca de su rápida inclusión en la trama afectiva de la familia.

Dependiendo de las características del divorcio y de su edad, los hijos estarán más o menos libres para poder construir una relación propia con la nueva pareja del padre o de la madre. Los sentimientos de doble lealtad son muy frecuentes, como así también que los dolores o enojos no expresados entre sí por los adultos, los expresen los hijos de manera frontal o por medio de un síntoma: problemas de conducta, cambios en el rendimiento escolar, enfermedades a repetición, perturbaciones en el desarrollo social o aislamiento entre otros.

En los casos de divorcio destructivo, considerados como una de las posibles formas de violencia familiar, los hijos quedan atrapados en los conflictos de los padres y muy rápidamente toman partido por uno u otro de los adultos, perdiendo la relación con el otro padre. Ocasionalmente esta situación perturba el vínculo entre hermanos y entonces las pérdidas incluyen también la relación fraterna.

En los casos de divorcios no litigiosos, si bien los hijos no están tan expuestos a los conflictos de sus padres, de todas formas experimentan pérdidas con las que tendrán que lidiar. El cambio en el nivel de vida, las mudanzas, el cambio de escuela además de los ajustes necesarios a las nuevas formas de convivencia, son solo algunas de las modificaciones que tendrán que transitar; se les pide acomodarse a las consecuencias de decisiones de las cuales, por su edad y lugar en la familia, no participaron.

Cambios que implican pérdidas y esperanzas, nuevas configuraciones de convivencia que empujan a modificaciones en la dinámica relacional, invitan a todos los implicados a hacer transformaciones en su universo relacional, para las cuales no siempre están preparados.

Los sentimientos son contradictorios, ambivalentes, confusos y generan malestar, roces, discusiones.

Adultos, niños y jóvenes que atraviesan distintas etapas del ciclo vital, no siempre pueden acompañarse en el largo proceso de armado de la nueva configuración.
Los sentimientos de soledad, exclusión y traición, ocasionalmente ocupan toda la escena y dificultan la creación de los nuevos vínculos.

Algunos estudiosos del tema (Visher y Visher) distinguen varias etapas en la formación de una familia ensamblada:

- Etapa inicial
- Etapa intermedia
- Etapa final

Cada una de estas etapas tiene sus características y pueden describirse sentimientos predominantes en cada una de ellas.
Cada familia, única en su singularidad, recorrerá estas etapas en su tiempo.
La consulta generalmente se produce en la etapa intermedia, cuando los movimientos de reorganización son más intensos.
Las ilusiones y esperanzas del comienzo, van cediendo su lugar al malestar, el enojo y la tristeza; las expectativas de rápida armonía se diluyen confrontadas con las vicisitudes de la vida cotidiana: la organización de lo doméstico, las visitas de los hijos al hogar del padre o madre no conviviente, las reglas y normas de convivencia en cada un o de los hogares.
En sus intentos por integrar a los diferentes miembros de la familia, algunos adultos “fuerzan” los afectos de los hijos en la búsqueda de aceptación de las nuevas parejas, si los hijos se sienten comprometidos con sentimientos de doble lealtad, esta necesidad de los padres la viven como exigencia.
En los casos de divorcio destructivo, cuando el conflicto es flagrante entre los miembros de las ex parejas o cuando uno de los adultos ha enviudado, el no reconocimiento de los aspectos no resueltos del duelo de la relación anterior, genera “censuras” en el relato (hay personas a las que está “prohibido” nombrar); esta situación de relato fragmentado puede ser vivida por los hijos como un intento de “borrar” la historia anterior. En los casos más extremos, la nueva pareja es invitada a desplegar (y muchas veces acepta) una función parental que los hijos se resisten a aceptar porque la viven como una sustitución de su padre o madre biológico/a.
El trabajo clínico con este tipo de organizaciones familiares, intenta desde el encuadre, citando a diversos subsistemas, ayudarlos a respetar las diferencias creando las condiciones de máxima libertad posible para explicitar sentimientos y pensamientos, instalando la noción de proceso que se desarrolla en el tiempo, pero de un tiempo que no es igual para todos: niños, adolescentes, adultos, familias de origen, ex parejas, nuevas parejas, no evolucionan de manera conjunta en este proceso.

Aceptar la posibilidad de construir otro concepto de familia, crear un nuevo relato que incluya la articulación de tramas relacionales que hagan más compleja la red, sin perder el sentido de pertenencia diferenciada, ayudarlos a generar intercambios lingüísticos en los cuales cada uno encuentre su lugar sin exclusiones, constituye un desafío para el sistema terapéutico. Terapeuta y familia, todos tendrán que poner en cuestión sus certezas, sus prejuicios y tolerar la incertidumbre de animarse a recorrer caminos nuevos.
El trabajo en equipo resulta un recurso muy valioso para ayudar al terapeuta a dejarse perturbar en sus supuestos. Sentir empatía con el dolor, escuchar, cuestionar, preguntarse acerca de las resonancias con su propia historia, es un trabajo intenso que el escenario de reflexión comprometida del equipo le posibilita al terapeuta, aumentando sus grados de libertad. Un terapeuta que se sienta libre pero sostenido y confirmado por sus pares, podrá tal vez aventurarse a explorar, con los miembros de la familia, en sus tiempos, nuevos senderos, nuevas palabras o viejas versiones con una nueva significación.

 

 

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